Resumiendo mucho, Niko y yo nos conocimos en un curso de jazz en Zarautz el verano de 2005.

Al principio no nos prestamos mucha atención, pero cuando volví a casa, dos días después de despedirme de él, ya tenía  una carta con un CD de Pedro Guerra en el buzón. Respondí aquella carta, y tras una vino otra, grandes declaraciones pero poca facilidad para vernos. Aunque vivíamos relativamente cerca, teníamos 17-18 años respectivamente y en casa había que rendir cuentas de  todo.  Él pudo verme en algún concierto en el Kursaal, yo fui de sorpresa a un concierto suyo y a un encuentro de una orquesta joven.

Desde entonces no nos hemos separado.

En abril de 2015 (casi 10 años después de conocernos) hicimos un viaje a NY y Washington. Niko es un apasionado de las películas de Rocky – pasión que comparte con su mejor amigo Borja-. Y, aunque no me lo han contado, creo que les gusta Rocky Balboa por lo tierno que es el personaje que interpreta Sylvester Stallone, siendo un boxeador de aspecto tan fuerte por fuera.

 

En el viaje, que en principio era a Washington y Nueva York durante 10 días, Niko insistió en ir a conocer el lugar donde se rodó la película en Philadelphia. Yo estaba preparada para subir y bajar las escaleras mil veces y sacarnos fotos en ese lugar, que hasta el momento, para mí no tenía mayor interés.

Niko estaba feliz, y entonces yo también.

 

 

 

 

 

Bueno, pues nuestro viaje a Philadelphia tenía mucho más fondo del que nunca hubiera podido imaginar.

Niko se lanzó al ring después de 10 años. Allí mismo, en un sitio muy especial para él. Me sentó en el monumento de enfrente, y me pidió matrimonio.

 

Cuando por fin se declaró, hubieron varias interrupciones.

Primero sacó un anillo envuelto – consejo de un joyero – que costó muchísimo rato desenvolver. Mientras, nos interrumpió un mendigo que insistía en que le atendiéramos.

Y por fin una pareja de señores mayores se quedaron mirando fijamente. Al verme llorar sin poder respirar mientras desenvolvíamos el anillo, pensaron que Niko me estaba diciendo algo poco agradable, así que se plantaron allí por si me pudieran ayudar.

Cuando la mujer vio el anillo exclamó algo así como “Oh my godness, that’s gorgeous!” “Great place!”, y al ver que yo no podía ni respirar ni contestar de la llorera que llevaba encima dijo: “I think she’s gonna say yes! Give me your camera”. El señor se mantenía apartado, puedo intuir que pensaba que su mujer se estaba metiendo en una historia ajena, pero de vez en cuando también comentaba la jugada. No sabemos quiénes fueron, pero son parte de nuestra historia y gracias a ellos tenemos unas fotos de aquel momento.

Y así fue…


¡Vaya cara de tragedia!

Tras la vuelta pensé varias veces en que durante el viaje estuvimos en varios conciertos de la New York Philarmonic, nos vestimos elegantes para ir a la ópera, a restaurantes, paseamos por Central Park…pero el sitio donde Niko se declaró después de tantos años fue Philadelphia, y en zapatillas.

 

 

Y con la distancia pienso que no hay sitio mejor. Que él se encontraba a gusto allí. Que le hacía ilusión y él lo había elegido así. Y en ese momento daba igual todo lo demás, estábamos él y yo y se había declarado. Y me encantó la naturalidad de eso. La originalidad, y que fuera un sitio importante para él. Ahora también lo es para mí.

La joya no estaba envuelta, estaba sentada a mi lado partiéndose de risa de mi llorera.

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